Rodrigo de Rosas Aranda

            Rodrigo de Rosas Aranda nació en la villa de Iznájar. Era hijo de una familia de nobles locales, don Bartolomé de Roças y doña Leonor de Aranda. Según el archivo parroquial fue bautizado un domingo 17 de julio de 1580  por Jorge Sánchez del Conde, rector de la iglesia de Santiago. Fue compadre Manuel González y comadre su mujer Mencía Ruiz. Sus abuelos paternos don Rodrigo de Roças y doña Francisca Navarra procedían de la cercana población de Illora, donde al parecer eran personas principales. Su bisabuelo paterno, Juan de Roças, también era natural de Illora, todos ellos cristianos viejos. No sabemos el motivo que los traería a Iznájar. Lo cierto es que aquí se establecieron y de ellos desciende nuestro personaje, que un buen día decidió partir para América en busca de mejor fortuna.            

           Partida de bautismo de Rodrigo de RosasPartida de bautismo de Rodrigo de RosasRodrigo, joven hidalgo que por ser segundón no podía heredar el patrimonio familiar, reservado al hermano mayor, habría aprendido a leer y a escribir, algo de latín y las tres reglas. Estaba obligado a buscarse el porvenir en el ejercicio de la carrera militar, en la que podría alcanzar rango y fortuna. En territorio peninsular los principales puntos de recluta en ese tiempo se encontraban en Barcelona, Cartagena y Sevilla. Cuando en 1604 España, en la que no se ponía el sol, firmaba la paz con Inglaterra, nuestro paisano se dirigió hacia la capital andaluza para inscribirse en los tercios.  

          Como el contrato de alistamiento no tenía límite de tiempo establecido, pasó el período de recluta en los Tercios de Italia, en servicio de guarnición, aprendiendo de los veteranos a ser soldado. Nombrado paje de rodela, sería encargado de llevar las armas de algún veterano al que estaba adscrito. Aprendió el dominio y manejo de las armas, los movimientos tácticos y las evoluciones en el campo de batalla. En principio la vida militar debió resultarle muy dura, pues no le dejaba un momento de respiro. Era preciso que el infante no caiga nunca en la ociosidad para que así no caiga nunca en la pereza, señalaban las ordenanzas. Los que como nuestro paisano se alistaban voluntariamente eran llamados guzmanes, aprendices que deseaban ponerse al servicio de los oficiales de mayor fama, claro que no siempre lo conseguían. 

           Tras el periodo inicial, entró a servir en el Tercio de Lombardía, formado por el rey Fernando el Católico en 1509. Este Tercio llamado de Lombardía o del Milanesado guarnecía Milán, Cremona, Mantua, Sondrio, Varese, Pavía, Brescia, Bérgamo y Como, siendo sus plazas fuertes Castiglione, en Mantua, y San Germano en el Piamonte. En estas ciudades militó como soldado durante 16 años. 

            En el mismo año de su incorporación a filas, los tercios tomaron Ostende. Es bastante probable que participara en la marcha de Frisia, desde Flandes a lo largo del Rhin por el arzobispado de Colonia donde  tomaron Oldensel y Linghen frente al Nassau. A los cinco años de su ingreso en filas, en abril de 1609,  se firmó la Tregua de los Doce Años con Holanda. Nuestro personaje permaneció en Italia y a pesar de esta tregua debió combatir en más de una batalla, pues a su regreso a Iznájar, con 41 años, presentaba “dos señales de herida en la mano derecha.”  

            Expediente de limpieza de sangreExpediente de limpieza de sangreEn agosto de 1620 las tropas españolas, para auxiliar al emperador Fernando, invadían el Palatinado, aunque por la fecha de su licencia, sobre octubre o noviembre de 1620, no creemos posible su actuación en esta campaña. Con los escasos cuatro escudos mensuales que ganaba un soldado no conseguiría hacer la fortuna deseada y decidió regresar a su tierra natal.  

            A su vuelta a Iznájar, en 1621, era corregidor de la villa el licenciado don Francisco Gutiérrez de los Ríos; don Francisco Dávila ejercía como escribano del cabildo, don Rodrigo Alonso escribano publico de número y don Francisco de Aguilar Vega ocupaba el oficio de escribano público. Ante ellos el día 20 de abril, don Rodrigo presentó una serie de testigos para realizar un expediente de limpieza de sangre. Fueron llamados a declarar Melchor Beltrán, de 65 años de edad, Rodrigo Copete Noguerón de 73 años, Pedro Rey el viejo, de 70 y  Esteban López Collados de 55. Durante el interrogatorio todos coincidirían en que don Rodrigo de Rossas era un joven de cuerpo fuerte, buena  estatura, barbicastaño, con dos señales de herida en la mano derecha - como se ha señalado antes - , de 32 años de edad (tenía 41) y mozo soltero. Era así mismo buen cristiano sin macula,  de generación sin mancha de mala raza de moros, judíos, moriscos, ni de los nuevamente convertidos.  

            La obsesión por la limpieza o pureza de sangre, obligada por el decreto de expulsión de los judíos de 1492, había hecho surgir un nuevo sector dentro de la sociedad de la época: los conversos o cristianos nuevos de judío. A este grupo vendrían a añadirse en el siglo XVII los moriscos o cristianos nuevos de moro. Contra ellos, además de la persecución inquisitorial, se practicó la exclusión de cualquier puesto en la administración civil, militar y eclesiástica. Por este motivo aparecieron los estatutos de limpieza de sangre, que determinaban la imposibilidad de ingresar en numerosos oficios a quien "tenga raza o mezcla de judío, moro o hereje, por remota que sea", lo que obligaba a realizar costosas informaciones genealógicas, para determinar que el aspirante al ingreso procedía de cristianos viejos – había que demostrar 200 años de cristianismo -  o familias reputadas por tales, salvo que el Rey ejerciese su privilegio de gracia y los dispensase de realizar tales informaciones, como caso excepcional en recompensa a sus servicios. Esta  exigencia de limpieza de sangre también se aplicaba a quienes deseaban emigrar a las nuevas tierras americanas.  

            El motivo que llevó a nuestro paisano a la realización del interrogatorio, no era otro que su deseo de partir hacia las Indias Occidentales en busca de la fortuna que en Italia se le había negado. Había sido llamado por un primo hermano que vivía en Nueva España, virreinato establecido en 1535, cuyo territorio abarcó una gran extensión y su centro natural era el valle de México. La misiva parecía atractiva, el pariente deseaba favorecerlo, pero antes de emprender viaje debía contar con un permiso que le permitiera embarcarse en uno de los galeones que realizaban las rutas de comercio hacia el otro lado del Atlántico.  

            Provisto de una cédula real, despachada en el Pardo a 8 de noviembre de 1620, previa deliberación y consulta con el Consejo de Indias el rey le concedió permiso para pasar a Nueva España. Este tribunal fue creado para proteger el comercio con las colonias americanas y los cargamentos de oro y plata que de allí provenían, amenazados por la piratería y los  corsarios. Con esta provisión y el expediente de limpieza de sangre realizado en Iznájar se presentaba en Sevilla, en la Casa de Contratación de Indias, el 19 de junio de 1621.  

            La institución se había establecido en Sevilla por decreto real de 1503, creada para fomentar y regular el comercio y la navegación con el Nuevo Mundo. En principio entre sus competencias no figuraban el control de pasajeros. Su denominación oficial era Casa y Audiencia de Indias. En las ordenanzas de 1509 sus funciones habían adquirido un mayor protagonismo en cuanto a la organización de expediciones colonizadoras, vigilancia sobre las mercancías y sobre todo en el control, la inspección y orientación de los emigrantes al Nuevo Mundo, de modo que no pasasen a Indias judíos, moros o gitanos, entre otros. Su primera sede fueron las Atarazanas de Sevilla, pero pronto se trasladó a las dependencias del Alcázar Real. Los principales funcionarios eran su presidente, cargo creado en 1557, y tres oficiales de contaduría: un contador, un factor y un tesorero, además de numerosos escribanos.  

            Aunque Felipe III había ordenado que se concedieran licencias con mucha moderación, debido a la acusada falta de población española, estos empleados no tardarían mucho en resolver la petición del iznajeño. A los tres días, reunidos el presidente, los jueces y oficiales de la Casa, y vistos el expediente de las justicias de Iznájar y  el permiso real, no habiendo ningún impedimento por razón de raza, extranjería, condenas inquisitoriales u otros motivos, el 21 de junio de 1621 nuestro personaje obtenía la deseada licencia para poder embarcar con destino a la provincia de Nueva España.  

            ¿Qué sucedió después?, ¿cuando llegó nuestro paisano a las nuevas tierras?, ¿tuvo fortuna  o por contra la suerte le fue adversa nuevamente?  No se sabe, solo tenemos noticias que otros personajes iznajeños como don José de Casasola, fray Juan Beltrán, Jacinto de Martos o José Antonio Sánchez seguirían años después el camino emprendido por el hidalgo don Rodrigo de Rosas Aranda.

 

 

  

Miguel Villalba

 

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