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D. JOSEPH DE CASASOLA Y CÓRDOVA  (1.667-1.713)

Nació en la villa de Iznájar en 1.667 y fue bautizado en la iglesia de Santiago el día 21 de Noviembre del mismo año. Hijo de Don Juan de Casasola y de Doña Manuela de Córdova. Fueron sus padrinos el licenciado Don Antonio de Casasola, presbítero y Doña Paula de Córdova, sus tíos naturales. Ofició la ceremonia religiosa D. Antonio de Ávila y Aranda rector y vicario de la iglesias iznajeñas. Fue el segundo hijo del matrimonio. Descendiente por la línea paterna de don Juan Vázquez de Casasola, uno de los conquistadores de la ciudad de Antequera, natural de Logroño, y por parte materna del III Conde de Cabra. Tuvo varios hermanos; Juan Manuel, el primogénito, alférez y alguacil mayor de Iznájar,  Bartolomé Francisco, Jerónimo Felix y María Manuela. Todos ellos hijosdalgos.

Suponemos que se trasladó joven a Costa Rica, por entonces provincia española de las Indias Occidentales. En la capital, Cartago, contrajo matrimonio el 26 de Diciembre de 1.700 con Doña Águeda Pérez de Muro y Echevarría, hija del Capitán D. Joseph Pérez de Muro, teniente gobernador de Cartago, inquisidor y natural de la villa de Arga en  Navarra, fallecido en 1.713. La boda se celebró en la Catedral de esta ciudad. Fruto de esta unión nacieron, José, José Francisco, Juan Manuel, Antonia, Mariana y Josefa y otro que murió al nacer.

De los varones dos fueron sacerdotes y el tercero murió siendo niño. Juan Manuel, fue comisario de la Santa Inquisición, sindico de las misiones de Talamanca, vicario y juez provincial de la provincia de Costa Rica. En 1.736 el cabildo de León de Nicaragua ordenó edificar ermitas en el Valle de Aserrí, para congregar alrededor de los oratorios a los feligreses dispersos. Con este encargo Juan Manuel de Casasola y Córdoba construyó una ermita en el lugar conocido como La Boca del Monte de Curridabá, una zona céntrica y de fácil acceso para los moradores del valle. Terminó el templo en 1.738 y se lo dedicó al patriarca San José. Esta ermita marcaría el nacimiento de la ciudad de San José, fundada el 21 de mayo de 1.737 con el nombre de Abra de la Boca del Monte. Primero se convirtió en la Capital del Estado y desde el 31 de Agosto de 1848 pasó a ser la Capital de la República de Costa Rica.

En cuanto a las hijas Josefa de Casasola y Córdova nació en 1.701 en Cartago y se unió en matrimonio con Bernardo García de Miranda nacido en 1.690. En acato a las leyes y costumbres de la época, el 4 de enero de 1.727, su prometido firmó escritura pública, para dar recibo de los efectos que los padres de su futura esposa le entregaban como dote; se citan entre otros: las casas de campo, en ejidos de esta ciudad, en cuyos corredores hay un oratorioi en que se celebra misa, con su altar, varias imágenes, etc... 500 pesos. Las mencionadas casas y otro cuerpo separado de oficinas de diversos cuartos, con sus cercados, trapiche, cañaverales 3.500 pesos; 100 reses vacunas a 5 pesos, 500 pesos. Una negra criolla nombrada Antonia, de 12 años, 300 pesos. Dos esclavos negros de Guinea, de 30 años, Gregorio y Damián, 900 pesos, en total 12657 pesos. Don Bernardo por su parte aportó 1000 pesos en arras. La boda tuvo lugar el día 6 de enero.

Tuvieron un hijo, Bartolomé García de Miranda Casasola que estuvo casado con Ignacia Alvarado, sin descendencia. Testó en Cartago el 16 de Noviembre de 1.777, nombrando como albacea a su tío Don Juan Manuel de Casasola y Córdoba, a  quien deja el quinto de sus bienes para distribuirlos en bien de su alma. Entre sus propiedades se citan una negra esclava, nombrada María Francisca, con tres hijos llamados José Francisco, Juan José y Serapio, libres para después que el testador muera y con obligación de servir en vida a su tío dicho.

Nuestro personaje, D. José de Casasola ocupó los cargos de Capitán, Maestre de Campo, Familiar del Santo Oficio de la Inquisición y ejerció de alcalde ordinario de Cartago, capital de Costa Rica hasta 1.823, desde el año 1.708 al 1.712. Durante su mandato se produjo una gran sublevación de los indios en la cordillera de Talamanca, al sur de Costa Rica, en la frontera con Panamá. El día 28 de septiembre  el cacique Pablo Presbere, que era el más temido en toda Talamanca, vio a los religiosos y a los soldados escribiendo cartas y se figuró que lo hacían para llamar a los españoles. En consecuencia, sublevó casi todos los pueblos de la comarca, y en unión de muchos indios Borucas, Cabécaras y Térrabas.  

Los indígenas estaban acertados en sus sospechas pues los frailes se habían propuesto llevar a cabo traslados masivos de los habitantes de estos poblados hacia otras localidades. Para ello contaban con la venia del gobernador y con la aprobación del cabildo de la ciudad de Cartago. La intención de los frailes, de acuerdo con sus propias palabras era:

...[sacar] a la provincia de Boruca los que estuvieren cercanos a ella, y a Chirripó y Teotique los que pudieren salir por la misma razón (porque) sus tierras (son) malas para administrarlos(...) A esto se añade que dentro la montaña hay el peligro del enemigo que coja los ministros (frailes), como ya lo ha hecho(...) y tomaron las lanzas contra nosotros en tres ocasiones o cuatro.

En un informe de enero de 1709, los frailes indicaban que se encontraban a punto de iniciar este traslado de población con la ayuda de los soldados:

“Para principios de febrero saldremos para el paraje de Chirripó en compañía de los quince hombres para ejecutar lo que queda dicho; y cumplido el tiempo, como decimos... entraremos con toda la infantería de los treinta hombres adentro, sacaremos los primeros tres pueblos que llamamos San Bartolomé Urinama, Santo Domingo y San Buenaventura...”

Pocos meses después de iniciado el proceso de traslado forzoso de la población indígena, las naciones de Talamanca, los Cabécaras y los Térrabas (incluidos los de la isla de Tójar), así como los indígenas que ya habían sido reducidos en el poblado de Chirripó, unieron esfuerzos y atacaron a los frailes y soldados españoles. La revuelta general fue dirigida por los líderes indígenas conocidos como Pablo Presbere y Comesala.

Presbere era cacique de la parcialidad de Suinsi. Este sitio hoy día se considera que corresponde al actual Suinxy o Tswitsi, ubicado en la margen derecha del río Coén y a unos cinco kilómetros al este de San José Cabécar. No era un líder guerrero, a pesar de que así aparece mencionado en los documentos por ser el dirigente de una revuelta armada. Es más probable que fuese un jefe religioso, un chamán entre los indígenas, según lo consignaron los propios frailes, antes de 1706. Cuando los misioneros entraron con soldados armados, Presbere rehusó bautizarse y mostró gran oposición a los misioneros. Al final aceptó el bautizo con el nombre de Pablo, pero probablemente por temor a los soldados. Sobre el otro líder Comesala se sabe bien poco. Era cabécar y cacique en la parcialidad donde los frailes fundaron la iglesia de Santo Domingo.

Ambos caciques unieron sus fuerzas en Suinsi, sin despertar la sospecha  de los españoles. Desde aquí, Presbere, al mando de un grupo de guerreros indígenas cabécaras y terbis tomó rumbo hacia el poblado de San Bartolomé de Urinama, donde se encontraba fray Pablo de Rebullida. En un ataque sorpresivo dieron muerte al fraile y a dos soldados que allí se encontraban. Comesala y los indígenas de Santo Domingo, se dirigieron hacia el poblado de Chirripó, donde dieron muerte a  fray Antonio de Zamora, a dos soldados, la mujer y el hijo de uno de ellos. Posteriormente, el 28 de septiembre, una numerosa fuerza de indígenas, procedentes de los pueblos de San Buenaventura, la Santísima Trinidad, San Miguel, San Agustín y los de Jesús, armados de lanzas y broqueles, atacaron el pueblo cabécar de San Juan, donde se encontraba fray Antonio de Andrade en compañía del grueso de la tropa española. Cinco soldados perecieron en el enfrentamiento, logrando el resto huir a duras penas hacia el pueblo de Tuis, para luego trasladarse a Cartago; éstos eran treinta hombres y 18 soldados. Una vez que los españoles se retiraron, los indígenas prendieron fuego a catorce iglesias fundadas por los misioneros, los conventos y las casas de cabildo y destruyeron las imágenes y objetos sagrados de los misioneros. Tan solo se salvaron las dos iglesias de Viceíta, pues los indígenas de esta nación no participaron en el alzamiento.

En una carta escrita en Cartago, el 21 de octubre de 1709, el fraile Antonio de Andrade, el único que logró escapar con vida gracias a que se encontraba acompañado de la mayor parte de los soldados, expresaba lo siguiente:

“....el día 28 de Septiembre se armó contra nosotros a guerra, con tan bárbara crueldad, cual no ejecutara sino el hereje más tirano, pues no sólo mataron los indios de dicha conquista a diez soldados, una mujer y a los padres compañeros fray Pablo de Rebullida y fray Antonio Zamora, a traición, estando la mitad de ellos enfermos, sino que pegaron a los cuerpos fuego, quemando iglesias y todo, robaron todos los ornamentos y cosas de ropa de las iglesias y quemaron las imágenes de los santos, y en fin, todo cuanto juzgó de maldad su malicia ejecutó su tiranía. Escapó el Cabo-Gobernador de los treinta hombres y diez y ocho soldados y de ellos salieron dos heridos, y por más amparo divino que defensa natural, porque se conjuró toda la conquista, desde los Urinamas hasta la Isla de Tójar, y todas tres naciones naciones Cabécaras, Talamancas y Térrabas se coligaron como estoy informado, y sólo no cooperaron los de Chirripó pero de los demás, los que no pelearon lo supieron, consintieron y lo callaron los que nos podían avisar.”

En respuesta al ataque de los indígenas, el gobernador de Costa Rica preparó una gran expedición militar. Como no había abastecimientos militares suficientes, pidió  ayuda a la Audiencia de Guatemala. A principios de 1710 se recibieron armas blancas y de fuego, pólvora, balas y pesos en metálico. Se disponía ya en Cartago de un arsenal adecuado y de financiación para lanzar hacia Talamanca una considerable fuerza. El gobernador Lorenzo de la Granda y Balbín preparó un plan destinado a atacar Talamanca por dos frentes. Una fuerza compuesta por ochenta soldados al mando del Maestre de Campo D. José de Cassasola y Córdova, salió directamente con rumbo a Talamanca por el camino de Chirripó.

El gobernador, acompañado del fraile Antonio de Andrade, se dirigió  hacia el pueblo de Boruca a la cabeza de 120 soldados. Allí  emitió la siguiente proclama, dirigida a los indígenas:

“...en cumplimiento de orden que tengo del gobierno superior de Guatemala para entrar a castigar a los indios rebeldes de las montañas de Talamanca (...) hago saber (...) que a los que vinieren a dar la obediencia al gobernador y capitán general del rey (...) les ofrezco en su real nombre el perdón en aquello en que hubieren delinquido, y a los que no vinieren los publico, por rebeldía, traidores a ambas majestades, que son merecedores de quemarlos vivos, como lo experimentaron en la guerra que desde luego les publico a todos los que no vinieren a dar la obediencia al rey mi señor (...)”

Emitida esta proclama a son de caja y trompeta, el gobernador hizo abrir un sendero en la montaña para comunicar Boruca con Viceíta, al otro lado de la cordillera. Aquí los indígenas refirieron ponerse de parte de los españoles, probablemente por miedo a la numerosa tropa, lo que permitió al gobernador pasar hacia Cabécar, donde luego se le unió la fuerza militar encabezada por nuestro paisano que había llegado por el camino de Chirripó. Establecieron el cuartel general y emprendieron numerosas correrías hacia las tierras de los indígenas rebeldes, logrando capturar a unos 700, incluido el jefe Presbere. No obstante, el cacique Comesala y otros indígenas lograron escapar, escondiéndose en las escarpadas montañas. A pesar de que se les había ofrecido la paz a los rebeldes si se rendían, éstos prefirieron dar fuego a sus casas y huir, e igualmente implantaron numerosas trampas de estacadas. Cavaron huecos en cuyo fondo pusieron afilados palos que luego cubrieron con maleza, para que los soldados, inadvertidamente, cayeran y se ensartaran en las estacas.

Los españoles después de permanecer varios meses en las montañas de Talamanca, regresaron  hacia Cartago en el mes de junio de 1.710 por “la fragosidad de las montañas y la entrada del invierno”. En el camino hacia Cartago perecieron y huyeron alrededor de 200 indígenas, de manera que a esta ciudad llegaron unos 500. Tal como había prometido el gobernador, estos indígenas fueron repartidos entre los expedicionarios, a fin de que  los empleasen para su servicio personal. Debido a las duras condiciones a las que fueron sometidos, los indígenas traídos desde Talamanca murieron en gran número.

Según testimonio del gobernador Haya Fernández, nueve años más tarde, de los 500 indígenas que habían llegado a Cartago, quedaban solo 200. Respecto del cacique Presbere y los demás líderes fueron todos encarcelados en el convento de La Soledad en espera de ser enjuiciados.

En el Archivo General de Indias en Sevilla se mantienen los documentos originales del juicio, la sentencia condenatoria contra Presbere y el cumplimiento de la pena de muerte, en un expediente sobre reducción de los indios Talamanca de la Audiencia de Guatemala. 

 

Fuele preguntado cómo se llama, de á dónde es natural, que edad y oficio tiene: dijo que se llama Pablo Presbire y que es de la nación que llaman, en la Provincia de Talamanca, Suinse; no pudo decir su edad: parece por su aspecto ser de más de cuarenta años y que es cacique de dicha nación, y esto responde.

 

Fuele preguntado si sabe que el Rey nuestro Señor (Dios le guarde) tiene todas sus ciudades, villas y lugares tiene puestos sus reales justicias para castigar lo malo y premiar lo bueno: dijo que lo ha oído, y esto responde.

 

Fuele preguntado si estando en la inteligencia de lo que contiene la pregunta antes de ésta ¿cómo cometió en grave y atroz delito de conspirar los indios de las naciones que estaban reducidos al yugo de nuestra fe católica por medio de ministros evangélicos y con ellas ejecutó el dar muerte a los Reverendos Padres Fray Pablo Rubudilla, Fray Juan Antonio Zamora, diez soldados y la mujer de uno de ellos en los, pueblos de Chirripó, Urinama y Cabécar quemando iglesias, cogiendo los ornamentos sagrados, los cuales parecieron hechos pedazos haciendo menosprecio de ellos?.

 

Dijo que porque vinieron los indios de Tuina, Cabécar y San Buenaventura y los de San Juan y Santo Domingo escribir papeles, así a los Reverendos Padres como al Padre Fray Antonio de Andrade y soldados de los que estaban en su compañía, para esta ciudad, juzgando era para que fuera los españoles a sacarlos de sus pueblos para ello, cuya voz corrió entre ellos: vieron los que se aunaron y cometieron el delito que contiene lo que se le pregunta, y esto responde.

 

Fuele preguntado si sabe ó vio que Balthasar, Pedro Pocrí, Antonio Truscara, Pedro Bettuqui y Melchor Daparí, á quienes trajo presos el dicho maestro de campo á esta ciudad y hoy prendí al último en ella, cooperaron en dicho alzamiento y muerte: dijo que no sabe que ninguno de los contenidos cometiesen tal delito y esto responde.

 

Fuele preguntado si conoce á sabe que otros indios de los que sacó dicho maestro de campo á esta dicha ciudad, sean cómplices en el alzamiento y muerte: dijo que no sabe ni oyó decir que ninguno de los dichos indios hiciese tal cosa y esto responde. Y aunque se le hicieron otras preguntas y repreguntas en razón de la dicha conspiración, muertes de dichos Reverendos Padres y soldados, dijo que dice lo mismo que tiene dicho en los antecedentes...

 

El 1 de julio, el cacique fue condenado a ser exhibido por toda la ciudad en la que se pregonaría su delito, luego arcabuceado y finalmente decapitado, para exhibir su cabeza en un mástil, ya que en la capital no había verdugo para aplicar el garrote. La sentencia que se cumplió el 4 de julio del año de 1710 decía así:

... fallo que de condenar al dicho Pablo Presbere, por lo que contra él está probado, sin embargo, de la negativa que tiene hecha en su confesión, que sea sacado del cuarto donde le tengo preso y puesto sobre una bestia de enjalma y llevado por las calles públicas de esta ciudad con voz de pregonero que diga y declare su delito, y estramuros de ella, arrimado á un palo, vendado los ojos, ad módum deli sea arcabuzceado, atento a no haber en ella verdugo que sepa dar garrote; y luego que sea muerto le sea cortada la cabeza y puesta en alto que todos la vean en el dicho palo...

En la actualidad y como consecuencia de la ejecución de esta sentencia el cacique se ha convertido en un héroe para las tribus indígenas. En Costa Rica se conmemora la fecha de su muerte desde el miércoles 19 de marzo de 1997, cuando la Asamblea Legislativa de la República, declaró a Pablo Presbere Defensor de la Libertad de los Pueblos Originarios. Nunca imaginaría nuestro paisano la repercusión que siglos después tendría su expedición.

El 21 de junio de 1.711 el gobernador Granda y Balbín fue destituido. Bastante enfermo se retiraba a Nicaragua para curarse. El mando político y militar de la provincia de Costa Rica pasó al iznajeño D. José de Cassasola y Córdova, quien ejerció como teniente de gobernador durante los años de 1711, 1712 y 173, año este último de su fallecimiento. Murió en Cartago y fue enterrado en el cementerio de la catedral de esta ciudad. Según una crónica de sociedad murió el día 23 de Abril de 1.713, aunque algunos documentos situan este fecha el 28 de abril y otros en los primeros días de mayo de ese mismo año.

 

Triste ha sido la amanecida en esta bellísima ciudad de Cartago, capital de la provincia que lleva su nombre, en Costa Rica. El Gobierno civil, el Casino y todos los edificios oficiales han aparecido con banderas a media asta y crespones negros en señal de duelo. Ha fallecido esta noche el Vice-Gobernador Civil de la provincia. Una vez más la muerte ha segado una vida joven llena de promesas en la carrera política y militar; ha fallecido el Excmo. Sr. D. Joseph de Cassasola y Córdoba, joven militar de 46 años, oriundo, según parece del reino de Granada en las Españas.

 

Ha sido en su corta vida capitán, maestre de campo, familiar del santo Oficio de la Inquisición, desempeñó así mismo los más altos cargos de la provincia, como son: Alcalde ordinario de la capital de la misma desde 1.708 al 1.712. En la actualidad , como queda dicho, era Vice-Gobernador Civil de esta provincia de Cartago en Costa Rica.

 

Su esposa, la Excma. Sra. Doña. Águeda de Muro y Echevarría de noble estirpe en el reino de Navarra, en España, con quien se casó en diciembre de 1.700, está recibiendo a la hora de escribir esta crónica, muestras especiales de condolencia de todos los estamentos más representativos de la sociedad y numerosos particulares.

 

Lloran amargamente junto a su madre los hijos mayores del finado, D. José Francisco de 12 años y con poco más de ocho, Juan Manuel. Aún no entienden lo sucedido las niñas e hijas del finado: Antoñita y Josefa, de seis y cuatro años respectivamente.

 

El sepelio tendrá lugar mañana en el cementerio de hombres ilustres de la ciudad, previa la misa de “ Córpore insepulto” en la catedral de la diócesis y presidida por el Sr. Obispo. Reciba la esposa, hijos y familiares el testimonio del sentido pésame de nuestro periódico. El corresponsal de sociedad.

 

Cartago en Costa Rica, 23 de Abril de 1.713

 

 


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D. RODRIGO DE ROSSAS  ARANDA (1.589-1.6??)

En la villa de Iznájar, en 1.589, nació Rodrigo de Rossas Aranda,  hijo de una familia de notables locales, don Bartolomé de Rossas y doña Leonor de Aranda. Sus abuelos paternos don Rodrigo de Rossas y doña Francisca Navarra procedían de la cercana población de Illora, donde al parecer eran personas principales. Su bisabuelo paterno, Juan de Rossas, también era natural de Illora, todos ellos cristianos viejos. No sabemos el motivo que los traería a Iznájar. Lo cierto es que aquí se establecieron y de ellos desciende nuestro personaje, que un buen día decidió partir para América en busca de mejor fortuna.

Rodrigo de Rossas, joven hidalgo que por ser segundón no podía heredar el patrimonio familiar, reservado al hermano mayor, habría aprendido a leer y a escribir, algo de latín y las tres reglas. Estaba obligado a buscarse el porvenir en el ejercicio de la carrera militar, en la que podría alcanzar rango y fortuna. En territorio español los principales puntos de recluta en ese tiempo se encontraban en Barcelona, Cartagena y Sevilla. Cuando en 1.604 España, en la que no se ponía el sol, firmaba la paz con Inglaterra, nuestro paisano se dirigió hacia la capital andaluza, siendo aún muy joven, contaba solo dieciséis años, para inscribirse en los tercios.

Como el contrato de alistamiento no tenía límite de tiempo establecido, pasó el período de recluta en los Tercios de Italia, en servicio de guarnición, aprendiendo de los veteranos a ser soldado. Nombrado paje de rodela, sería encargado de llevar las armas de algún veterano al que estaba adscrito. Aprendió el dominio y manejo de las armas, los movimientos tácticos y las evoluciones en el campo de batalla. En principio la vida militar debió resultarle muy dura, pues no le dejaba un momento de respiro. Era preciso que el infante no caiga nunca en la ociosidad para que así no caiga nunca en la pereza, se señalaba en las ordenanzas. Los que como nuestro paisano se alistaban voluntariamente eran llamados guzmanes, aprendices que deseaban ponerse al servicio de los oficiales de mayor fama, aunque no siempre lo conseguían.

Tras el periodo inicial, entró a servir en el Tercio de Lombardía, formado por el rey Fernando el Católico en 1.509. Este Tercio llamado de Lombardía o del Milanesado guarnecía Milán, Cremona, Mantua, Sondrio, Varese, Pavía, Brescia, Bérgamo y Como, siendo sus plazas fuertes Castiglione, en Mantua, y San Germano en el Piamonte. Allí militó como soldado durante 16 años.

En el mismo año de su incorporación a filas, los tercios tomaron Ostende. Es bastante probable que participara en la marcha de Frisia, desde Flandes a lo largo del Rhin por el arzobispado de Colonia donde  tomaron Oldensel y Linghen frente al Nassau. A los cinco años de su ingreso en filas, en abril de 1.609,  se firmó la Tregua de los Doce Años con Holanda. Nuestro personaje permaneció en Italia y a pesar de esta tregua debió combatir en más de una batalla, pues a su regreso a Iznájar, con 32 años, presentaba "dos señales de herida en la mano derecha." 

En agosto de 1.620 las tropas españolas, para auxiliar al emperador Fernando, invadían el Palatinado, aunque por la fecha de su licencia, sobre octubre o noviembre de 1.620, no creemos posible su actuación en esta campaña. Con los 4 escudos mensuales que ganaba un soldado no conseguiría hacer la fortuna deseada y decidió regresar a su tierra natal.

A su vuelta a Iznájar, en 1.621, era corregidor de esta villa el licenciado don Francisco Gutiérrez de los Ríos; don Francisco Dávila ejercía como escribano del cabildo, don Rodrigo Alonso escribano publico de número y don Francisco de Aguilar Vega ocupaba el oficio de escribano público. Ante ellos el día 20 de abril, don Rodrigo presentó una serie de testigos para realizar un expediente de limpieza de sangre. Fueron llamados a declarar Melchor Beltrán, de 65 años de edad, Rodrigo Copete Noguerón de 73 años, Pedro Rey el viejo, de 70 y  Esteban López Collados de 55. Durante el interrogatorio todos coincidirían en que don Rodrigo de Rossas era un joven de cuerpo fuerte, buena  estatura, barbicastaño, con dos señales de herida en la mano derecha - como se ha señalado antes - , de 32 años de edad y mozo soltero. Era así mismo buen cristiano sin macula,  de generación sin mancha de mala raza de moros, judíos, moriscos, ni de los nuevamente convertidos.

La obsesión por la limpieza o pureza de sangre, obligada por el decreto de expulsión de los judíos de 1.492, había hecho surgir un nuevo sector dentro de la sociedad de la época: los conversos o cristianos nuevos de judío. A este grupo vendrían a añadirse en el siglo XVII los moriscos o cristianos nuevos de moro. Contra ellos, además de la persecución inquisitorial, se practicó la exclusión de cualquier puesto en la administración civil, militar y eclesiástica. Por este motivo aparecieron los estatutos de limpieza de sangre, que determinaban la imposibilidad de ingresar en numerosos oficios a quien tenga raza o mezcla de judío, moro o hereje, por remota que sea, lo que obligaba a realizar costosas informaciones genealógicas, para determinar que el aspirante al ingreso procedía de cristianos viejos – había que demostrar 200 años de cristianismo -  o familias reputadas por tales, salvo que el Rey ejerciese su privilegio de gracia y los dispensase de realizar tales informaciones, como caso excepcional en recompensa a sus servicios. Esta exigencia de limpieza de sangre también se aplicaba a quienes deseaban emigrar a las nuevas tierras americanas.

El motivo que llevó a nuestro paisano a la realización del interrogatorio, no era otro que su deseo de partir hacia las Indias en busca de la fortuna que en Italia se le había negado. Había sido llamado por un primo hermano que vivía en Nueva España, virreinato establecido en 1.535, cuyo territorio abarcó una gran extensión y su centro natural era el valle de México. La misiva parecía atractiva, el pariente deseaba favorecerlo, pero antes de emprender viaje debía contar con un permiso que le permitiera embarcarse en uno de los galeones que realizaban las rutas de comercio hacia el otro lado del Atlántico.

Provisto de una cédula real, despachada en el Pardo a 8 de noviembre de 1.620, previa deliberación y consulta con el Consejo de Indias, creado para proteger el comercio con las colonias americanas y los cargamentos de oro y plata que de allí provenían, amenazados por la piratería y los corsarios, el rey le concede permiso para pasar a Nueva España. Con esta provisión y el expediente de limpieza de sangre realizado en Iznájar se presentaba en Sevilla, en la Casa de Contratación de Indias, el 19 de junio de 1.621.

La institución se había establecido en Sevilla por decreto real de 1.503, creada para fomentar y regular el comercio y la navegación con el Nuevo Mundo. En principio entre sus competencias no figura el control de pasajeros. Su denominación oficial era Casa y Audiencia de Indias. En las ordenanzas de 1.509 sus funciones habían adquirido un mayor protagonismo en cuanto a la organización de expediciones colonizadoras, vigilancia sobre las mercancías y sobre todo en el control, la inspección y orientación de los emigrantes al Nuevo Mundo, de modo que no pasasen a Indias judíos, moros o gitanos, entre otros. Su primera sede fueron las Atarazanas de Sevilla, pero pronto se trasladó a las dependencias del Alcázar Real. Los principales funcionarios eran su presidente, cargo creado en 1.557, y tres oficiales de contaduría: un contador, un factor y un tesorero, además de numerosos escribanos.

Aunque Felipe III había ordenado que se concedieran licencias con mucha moderación, debido a la acusada falta de población española, no tardarían mucho estos empleados en resolver la petición del iznajeño. A los tres días, reunidos el presidente, los jueces y oficiales de la Casa, y vistos el expediente de las justicias de Iznájar y  el permiso real, no habiendo ningún impedimento por razón de raza, extranjería, condenas inquisitoriales u otros motivos, el 21 de junio de 1.621 nuestro personaje obtenía la deseada licencia para poder embarcar con destino a la provincia de Nueva España.

¿Qué sucedió después?, ¿cuando llegó nuestro paisano a las nuevas tierras?, ¿tuvo fortuna  o por contra la suerte le fue adversa nuevamente?  No se sabe, solo tenemos noticias que otros personajes de esta villa como fray Juan Beltrán, Jacinto de Martos o José Antonio Sánchez seguirían años después el camino emprendido por el hidalgo iznajeño don Rodrigo de Rossas Aranda, pero esto ya es otra historia …

Permítame el visitante que mientras tanto, en homenaje y memoria de este iznajeño y los que le siguieron, inserte aquí un texto extraído de la segunda entrega de las Aventuras del Capitán Alatriste, del libro Limpieza de sangre, de Arturo Pérez Reverte, escritor actual y de moda, que describe con exactitud lo que sería el Siglo de Oro español y a la vez nos permite imaginar los pensamientos de aquellos paisanos que un día partieron a las Indias.

 

 

Todavía éramos algo, y aún lo seguimos siendo cierto tiempo, hasta quedar exangües del último soldado y el último maravedí. Holanda nos odiaba, Inglaterra nos temía, el turco se andaba con pies de plomo, la Francia de Richelieu rechinaba los dientes, el Santo Padre recibía con mucho tiento a nuestros graves embajadores vestidos de negro, y toda Europa temblaba al paso de los viejos tercios ¿que aún eran la mejor infantería del mundo?, como si en las cajas de sus tambores redoblara el mismo diablo. Y yo, que viví tales años y los que vinieron después, juro a vuestras mercedes que en aquel siglo éramos todavía lo que nadie fue jamás. Y cuando por fin se puso el sol que había alumbrado Tenochtitlán, Pavía, San Quintín y Breda, el ocaso se tiñó de rojo con nuestra sangre, pero también con la de nuestros enemigos; como el día, en Rocroi, que dejé en un francés la daga del capitán Alatriste. Convendrán vuestras mercedes en que todo ese esfuerzo y ese coraje debíamos haberlo dedicado los españoles a construir un lugar decente, en vez de malgastarlo en guerras absurdas, picarescas, corrupción, quimeras y agua bendita. Y es muy cierto. Pero yo cuento lo que hubo. Y además, no todos los pueblos son igual de razonables para elegir su conveniencia o su destino, ni igual de cínicos para justificarse después ante la Historia o ante sí mismos. En cuanto a nosotros, fuimos hombres de nuestro siglo: no escogimos nacer y vivir en aquella España, a menudo miserable y a veces magnífica, que nos tocó en suerte; pero fue la nuestra. Y ésa es la infeliz patria -o como diablos la llamen ahora- que, me guste o no, llevo en la piel, en los ojos cansados y en la memoria.

 

Limpieza de sangre

Arturo Pérez Reverte

 

 

 

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