De todas las muestras de religiosidad popular que
pueden verse en la Semana Grande de Iznájar, las que resultan sumamente
originales son las relativas a la representación de la Pasión, conocido como
El Paso.
Su forma ha cambiado a lo largo de los siglos, lo cual nos permite hablar hoy de
“El Paso”
actual y lo que llamamos
“El Paso Antiguo”
Las representaciones pasionistas de
Iznájar,
surgen en el siglo XVII al amparo de
la jerarquía eclesiástica, para fascinar al público inculto por medio de la
plasticidad dramática de la doctrina. Se caracterizaban por la parquedad de los
textos y la mímica exagerada, y la ayuda de los ropajes y los
“rostros”
con que se caracterizaban los personajes sagrados, permitía la comprensión del
mensaje y en consecuencia el cumplimiento de su objetivo moralizante,
aleccionando a los fieles.
Originariamente se representaban dentro de la
iglesia, pero el alboroto que provocaban en el lugar sagrado, motivó su salida
al exterior, utilizando como escenario tablados de madera, que se situaban en
las calles del pueblo, sobre todo en el Llano, habilitando espacios en los que
tenían lugar las representaciones de diferentes pasajes del Antiguo y del Nuevo
Testamento.
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Con la llegada de la Ilustración
estas representaciones fueron objeto de prohibición por parte de la
iglesia por considerar que se habían vuelto demasiado profanas. El
iniciador de esta política es el obispo Miguel Vicente Cebrián,
quien en 1744, promulga un famoso edicto prohibiendo las
representaciones de la Pasión, las figuras bíblicas y regulando el
atuendo de los cofrades. El fuerte respaldo popular de estas
representaciones hace que el pueblo de
Iznájar
se resista a cumplir esta orden y las que se suceden hasta 1820. La
estabilidad política de la Restauración trae el nuevo auge de las
cofradías y paralelamente la
Semana Santa
Iznajeña recupera sus tradiciones seculares. En 1882 se autoriza
definitivamente la escenificación de los Pasos de la Pasión. En ese
largo periodo de tiempo de prohibiciones, el pueblo de
Iznájar
se esforzó por mantener
viva una tradición muy antigua, que en el caso del sacrificio de
Abraham se remonta a 1664. Los “papeles”, que en ocasiones eran
vitalicios o hereditarios se fueron transmitiendo de padres a hijos,
junto con los ropajes, las caretas y la escenografía. Estas
representaciones se siguieron realizando hasta el año 1951. Tras
varios años en que sólo quedaron unos cuantos pasajes intercalados
en las procesiones, comenzó la representación del Paso Nuevo en el
año 1957. Se trata de una adaptación escénica de la obra dramática
“La Divina Tragedia” del jesuita José Julio Martínez, editada en
1945, realizando desde entonces su representación en un espacio
cenado que durante muchos años fue la misma iglesia parroquial, con
la participación del pueblo como actores o espectadores.
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Pero la resistencia y apego de los iznajeños a
las representaciones en la calle estaba tan arraigada, que no se borró del todo,
conservándose hoy los fragmentos de aquellos sermones y representaciones en El
Lavatorio y El Prendimiento que se realiza en la Eucaristía del
Jueves
por la tarde; la Sentencia que se va repitiendo a lo largo de
la
Procesión
del Calvario,
el viernes por la mañana al paso de
Jesús
Nazareno así como la disputa de la Túnica de Jesús. y la
Búsqueda y apresamiento de Simón el Cirineo para ayudar a Jesús a llevar la Cruz
y el Besapiés de los
Apóstoles
al Nazareno; la Exculpación de los
Judíos
ante Pilatos en la procesión del
Silencio
o
Santo
Entierro
de la noche del
Viernes
Santo.
Lo que afirma Aroca Lara para el conjunto de la
Semana Santa Andaluza, bien puede servir para explicar este fenómeno de la
Semana
Santa de
Iznájar: “Era preciso humanizar los
personajes divinos, acercarlos al pueblo, conseguir que éste se familiarizase
con ellos (...) Ello se hallaba en consonancia con las aspiraciones de un pueblo
al que, por su temperamento, no le bastaba el mero conocimiento de los misterios
de la fe, sino que necesitaba vivirlos”.
Textos: Ramona
Quintana Luque